RELATOS CORTOS
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LOS CUENTOS DE FEDERICA
RELATOS CORTOS
POESIAS Y ROMANCES
A MIS AMIGOS DE TRIVIALNET
A MI HIJA
NUESTRO BOSQUE


Habíamos descubierto la clave para la vida eterna, la llave que abre las puertas de nuestra percepción escondida; donde se ocultan los secretos de la vida misma. Teníamos en nuestro poder la indomable sabiduría milenaria tan anhelada por el hombre y negada rotundamente por nuestra imperfecta sociedad. Ahora era el momento preciso, el lugar perfecto. Recorrimos veinte o treinta millas para llegar a este monte sagrado, monumento histórico que así era desde hace mucho más de quinientos años y que, todavía, conservaba su grandeza y aura de misticismo. Había sido una verdadera odisea encontrar el verbo que expandiría nuestras conciencias y, luego, llegar a este reino vegetal tan apartado de la locura de la ciudad. La noche era hermosa dentro de ese bosque en tinieblas, se podía ver como brillaba la vegetación rociada con polvo de luna. El viento acariciaba suavemente las copas de los árboles quienes expedían un mágico olor a naturaleza. Todo era quietud en esa escondida parte del mundo donde el tiempo no corría y donde sólo nosotros habitábamos en nuestro eterno instante. Su tranquilidad era desafiante pero nos brindaba una paz que ninguno de nosotros había experimentado anteriormente. Quedamos perplejos ante semejante testimonio de perfección. ¡Que pequeños éramos ante tal majestuosidad! Sabíamos muy bien que formaríamos parte de ese universo vegetal con sólo poner el dedo en la boca y consumir la sabiduría que guardábamos con tanto recelo. Parecía tan sencillo y ansiábamos ya enterrarnos dentro de ese bosque y echar raíces en su nutriente suelo para nunca volver a esa arrogante ciudad de donde veníamos. Decidimos reclamar lo que habíamos declarado como nuestro pequeño territorio de sueños. Habíamos escogido la noche y el lugar perfecto para descubrir los supuestos misterios del subconsciente. Como típicos jóvenes idealistas, estábamos decididos a cambiar el curso de las cosas y, de paso, resolver los misterios más profundos de nuestra existencia. Viéndolo ahora, solo buscábamos liberarnos de nuestras respectivas cargas en nuestras monótonas vidas citadinas. No importa, cualquier excusa era buena. Equipamos efectivamente nuestras mochilas de supervivencia porque, quizá, lograríamos sobrepasar la noche y decidiríamos quedarnos eternamente en esa utopía vegetal.
Ella buscaba escapar de su terrible responsabilidad de ser madre y esposa, de soportar el insoportable peso de hacerse cargo y ser víctima de sus actos infantiles entre ellos echando al retrete años de matrimonio. Buscaba escapar de su soledad, de su incansable búsqueda de amor, un amor incondicional y puro, el cual había visto miles de veces pero que nunca había sabido como se compraba, como se adquiría. Ni siquiera todo el dinero del mundo, todas sus posesiones podían aliviar ese horrible malestar de soledad.
Él, por otro lado, buscaba una identidad que aseguraba se le había perdido. Se sentía atrapado entre sentimientos sin saber su clase en realidad.
Deseaba escapar de esa hostilidad que le castigaba por ser un pedazo de alguien que aún no sentía en su corazón plenamente.
Estaba convencido de que Dios habitaba en este inmenso bosque y tenía que encontrarlo y reclamarle, frente a frente, porque todo tenía que ser de esta manera.

Entonces llegó el momento, la única razón por la cual habíamos agrupado nuestras conciencias. Decidimos emprender la expedición que nos llevaría hasta lo más profundo de nuestra mente:
-Es hora.-
-Sí, vamos.-
-Anda, no tengas miedo.-
-¿Y si me quedo en un viaje para siempre?-
-No, hombre. Eso no es así.-
Era como una anestesia espiritual que nos alejaba de cualquier malestar o síntoma de negatividad.
La música nos arrastraba de la realidad envolviéndonos en un manto de elocuentes ondas sonoras que despertaban nuestras conciencias, nuestras buenas conciencias.
El bosque había expandido sus límites más allá de donde comienza el cielo y termina la tierra; se convirtió en un solo todo que nos servía de escondite de la impura realidad.
Cada sonido, por más sutil que este fuese, penetraba profundo en nuestros cerebros, como una espada de luz intangible que rebanara cada músculo en nuestra masa cerebral.
La tenue luz se dividía en partículas que formaban los espirales y destellos más impresionantes de todo el universo. Gritábamos de júbilo y la euforia era tal que nos incorporamos y dejamos que nuestros cuerpos físicos danzaran al compás de un ritmo cósmico que acaparaba todo a nuestro alrededor.
Subíamos y bajábamos como en una montaña rusa de emociones y alucinaciones.
Brillábamos como si formáramos parte toda esa vegetación y sí, si lo éramos.
Acariciábamos los árboles como rogando sabiduría y entendimiento. Pasamos a ser soberanos de ese grandioso bosque en tinieblas. El éxtasis fue perpetuo.
Los que hablaban de este sentimiento con aprendida autoridad tenían razón, era como salir del cuerpo y viajar al universo colgado de tu propio espíritu. Nada nos podía dañar en ese momento, éramos invencibles.
Alcé mi vista hacia ese cielo nocturno y pude ver como éste se agrupaba en infinitos espectros color naranja y púrpura mientras Eros seguía entonando sus intrigantes notas de retroalimentación en nuestro improvisado lecho.
Yo declaré irrefutablemente que aquí habitaba Dios, escondido dentro de ese polvo estelar que caía desde el cielo como rocío matutino.
Comenzamos a calmar la situación para poder aterrizar sanos y salvos al plano de la realidad, pero ¿cuál era la realidad?. Emprendimos nuevamente el sube y baja emocional dejándonos llevar por las ondas emitidas por esa banda sonora que ahora resonaba en nuestra mente. Luego de un tiempo prudente, o quizá casi mil años si usamos el reloj surrealista de nuestras agitadas conciencias, pisamos definitivamente una realidad que todavía parecía abstracta. Sentíamos como si hubiésemos recorrido el mundo entero a pie y, poco a poco, caímos en un profundo sueño individual donde, cada quién, buscaba su propio ángulo de descanso.Nadie más dijo una sola palabra; el silencio se convirtió en nuestra más profunda reflexión.
Abrí los ojos y ya era entrada la mañana. Le miraba y seguía con sus ojos cerrados. Reagrupaba mis recuerdos bajo un manto de nebulosa esquizofrenia acariciando mi recién nacida nueva existencia. Nada se veía igual que antes, todo era más denso, más profundo. Miré detenidamente al horizonte reflexionando sobre este cambio, miré mis manos como tratando de hallar nuevas cicatrices de esta inolvidable noche.

En realidad el cambio no fue nada. Seguíamos siendo nosotros mismos; los mismos problemas, los mismos miedos, los mismos complejos, las mismas frustraciones, la misma risa, las mismas lágrimas. Nada había cambiado.
El dolor seguiría doliendo igual y el sol quemando igual en esta parte del planeta.
Ahora me sentía como en el principio de mi vida. Bueno, al fin y al cabo de eso es que se trataba todo esto; de comenzar de nuevo.
Mientras, en algún momento yo culpe a Dios por toda esta demencia elemental me di cuenta que a Él también le habían tomado el pelo. ¿Y quien habría sido capaz de esto?
Fueron los hombres, asesinos de sueños, que hablan en su nombre para asegurar su alta posición en esta misma sociedad elemental. Entonces a eso es lo que se debía atacar y no llenarse la boca repitiendo frases de célebre resonancia y procedencia que solo nos encaminaban a una ignorancia más bestial que la que ahora sufrimos.
La verdad no es propiedad privada de nadie sino de todo aquél lo suficientemente valiente para soportar afrontarla, darle la cara.

Nunca más volvimos a nuestro bosque, quizá si lo hacemos no existiría otra vez esa magia que se desparramó sobre nosotros y sería solo un acto de decadencia festiva. Ya no habría una lección por aprender.
Después de todo volvimos a ser lo que éramos desde un principio, seres individuales buscando su propia individualidad dentro del universo.

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EL FUEGO DEL ORO
Hace muchos años en un mundo separado de la realidad y lejos de la Tierra confluyeron dos mentes y encendieron una luz para siempre en su vida real. Consiguieron extraer de sus restos arruinados un único fruto de oro, el Fuego de Oro y una única flor. Fueron colocados en grandes recipientes forjados y estos brillantes recipientes fueron llevados a los cielos Eran el Sol y la Luna y a partir de entonces iluminaron todas las tierras.
Y cuenta la leyenda que la luna surcaba los cielos en toda su plenitud, y no había cosa que más amara que la Tierra Media, y se compadecía y sufría por el oscuro mal que la cernía, y por el triste destino que pesaba sobre los hombres, y por la añoranza de los elfos hacia aquello que habían rehusado mucho tiempo atrás. También la luna era amada por muchos, sobre todo por los hombres, aunque también por muchas otras criaturas de la Tierra.
En la Tierra Media nació un príncipe con una increíble sabiduría y majestuosidad. Lo que más impresionaba era el poder y la belleza del Sol, y vivía fascinado por su esplendor. Un sabio, enterado de su interés por el Fuego de Oro, le contó la historia de su creación. Esa misma noche tuvo un sueño, ya fuera por casualidad, si de verdad existe la casualidad, o por intervención del sabio, en el que le fueron reveladas la belleza y la majestuosidad de la luna. Desde entonces la amó sobre todas las cosas del mundo.
La luna conocía este amor y en un principio sintió pena por él, pero a medida que profundizaba en los secretos de la Tierra y en los corazones de los que allí habitaban, esa pena se convirtió en amor y, entonces, conoció un sentimiento del que no sabía nada hasta entonces: el sentimiento de amar y no poder tocar a la persona amada. Entonces empezó a entristecerse, y aquello que antes había brillado por el poder de la luna ahora brillaba con un brillo opaco, y la oscuridad llegaba ahora a sitios antes inaccesibles, y el terror se apoderó de muchos, y algunos reinos se sometieron al Poder de la Sombra, y el nuevo Enemigo Oscuro se empezó a fortalecer de nuevo.
Pero la luna había caído ahora en la desdicha, y no podía hacer nada por solucionarlo, mientras que el príncipe rehusaba al casamiento incluso de las damas más bellas, ya que no se podía quitar aquel sueño de la cabeza.
El Sol, conmovido por la tristeza de la luna, mandó al principe a su presencia. Ésta, por primera vez dejó al sol por un tiempo, quedando este sujeto a los brillos solitarios. Se pensaba que las ruedas del mundo iban a cambiar. También veían la desgracia en los ojos, y comprendían la desdicha . Así que un sabio dio dos opciones: “puedes quedarte para siempre como portadora del Fuego de Oro, o puedes ir a la Tierra, pero tendrías que abandonar a el Sol para siempre, y te convertirías en un ser vulnerable, aunque con todo el poder de tu brillo y no podrías revelar todo tu poder en la ayuda contra el Enemigo Oscuro, y verías las desdichas de sus obras”. “No creo que haya ninguna alternativa por la que sea del todo feliz”, respondió la luna ” y quizá en otras circunstancias elegiría la primera sin dudarlo, pero ahora elijo, no sin vacilar, la segunda opción”.
“También debes saber que las puertas de las Tierras Imperecederas están abiertas a ti cuando quieras venir”, añadió el sabio Entonces volvió a los cielos, y los surcó durante unos días, despidiéndose de todas aquellas cosas que había amado y que no volvería a ver. Entonces fue cuando se dio cuenta de que el príncipe había caído enfermo de tristeza, ya que no había sentido la presencia de su amada cuando ésta se fue, con todo su esplendor y belleza, descendió a la Tierra , al bosque donde en ese momento el príncipe se encontraba, ya más recuperado quizá por la venida de la luna.
La luna vestida de azul cielo y con una capa blanca engarzada con zafiros, pero reluciendo con una luz que iluminaba todo allá donde pasaba, la más bella y hermosa de toda la Tierra Media, caminaba entre los árboles. Y así la vio el príncipe, como sumido en otro sueño, más maravilloso, pero menos distante. Pero no la reconoció.
”¿Quién sois?”, dijo al fin, tartamudeando. “¿No me reconocéis?”, contestó la luna. Pero el príncipe estaba cegado por la belleza, así que la luna dijo que solamente era una mortal más, y que se iba a quedar algún tiempo allí. Y así hizo, aunque sólo el sabio sabía la verdad, aunque no le dijo nada de la verdadera identidad de la Dama. Y la luna se hizo llamar “La Dama del Sol”, y el príncipe sólo tuvo ojos para ella, incluso se olvidó de la luna, creía que se había desenamorado de ella.
Durante todo este tiempo paseaban juntos, y la mayor parte del tiempo la pasaban en compañía del otro, echaba de menos muchas de las cosas que contemplaba desde los cielos, pero empezó a sentir cosas que no hubiera cambiado por nada del mundo, y su amor por él aumentó.
Una tarde, la luna y el príncipe paseaban y éste le preguntó: ¿dónde vivíais antes de venir aquí? Pero la luna le respondió:
“Os contaré una historia: Había una vez un riachuelo que vivía enamorado de una hermosa flor, y aquella flor se enamoró de aquel riachuelo, y desde entonces la flor vivió muy triste, y ya no era bonita. Entonces, la lluvia le dijo: te doy la oportunidad de convertirte en gota de agua e irte al riachuelo, pero tendrás que dejar todo lo que amas, incluso las flores y las mariposas, y no volver a verlas nunca. Pero la flor respondió: haré lo que sea para estar con mi amado. Y desde entonces la flor vivió feliz en el riachuelo, siendo tan vulnerable como él y echando de menos a lo que había perdido, pero le daba igual, ya que se sentía feliz”. Entonces por fin el príncipe abrió los ojos, y se dio cuenta de quien era en realidad la persona a quien amaba, y vio a la luna, y llorando dijo:
“¡Oh, mi amada! ¿Qué me ha cegado? ¿Y todo eso habéis hecho por mí?”
Pero se había quedado sin palabras y no podía expresar la felicidad que sentía, así que cogió a la luna por la cintura y la besó hasta que el Sol se puso en el Oeste lejano.



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ESTRELLA DEL SUR
Era una niña, pero en su interior se portaba como una verdadera mujer afrontando los retos de esta malvada vida que ya, tan pronto se la comían por dentro.
Caía ya la noche y el sol aliado con la luna dejaba una estela de luz sobre la orilla de la playa. Su corazón era infantil, pero sincero. Paseaba por la orilla, sus pies desnudos sentían el calor de la cálida arena y el frescor del devenir de las olas, majestuosas olas que se alzaban sobre el mar coronadas por una preciosa cresta de espuma blanca donde se reflejaba la inmensidad del universo a través de la luz de las estrellas. La suave brisa rozaba con delicadeza la piel de aquella joven y le acariciaba el cabello una y otra vez, ella con mirada perdida en el horizonte buscaba una estrella, buscaba una luz que no encontraba, sus tristes ojos, cerrados y melancólicos dejaban escapar algunas lágrimas que resbalaban por su mejilla y paseaban por su dulce cuello, hasta llegar a parar a la arena ,su corazón protegido del dolor por una pared de algodón sufría cada instante, padecía el inmenso dolor de haber perdido a su gran amor, pero seguía latiendo con fuerza ,manteniendo la esperanza de que de aquellas luces que veía en el cielo una ,sólo una ,fuese de ella, una sola la iluminara de día y la acompañara de noche, pero él se había esfumado, la había dejado cuando más le quería, como llama que surge del fuego, como la voz que se lleva el viento, había perdido la luz que se lleva la noche y los sueños que le arrancó el tiempo.
Notaba su presencia en sus labios, en su piel y lo sentía. Sabía que estaba en una de esas estrellas, esperándola. Por su cabeza pasaban todos los recuerdos que podía tener de él, que aunque no muchos eran suyos, y sólo de ella. Se fue para siempre de su lado sin poder probar el maná, la fruta prohibida que tantas veces él insistía en llevársela a sus labios. Se sentía tan arrepentida y odiaba tan fuerte que los sentimientos tan puros que tenía en su joven cabecita se convertían en malas perspectivas a su alcance.
Allí estaba esa estrella reflejada en el agua y desgarrando su ropa salió en su busca. La estrella más brillante de todo el firmamento. Era él, su gran amor. Lo intentó, intentó introducirse en ese mundo lejano y oscuro hacia dónde él había partido. Pensó en el mundo que le esperaba fuera sin él. Pensó en su gente, sus amigos, su familia. Pensó en toda la gente que le quería y no pudo irse con su estrella. Había tantas cosas por hacer y sobre todo VIVIR aunque fuera sin él.
Salió del agua y olió la vida, una vida que le estaba llamando y abrazándola fuertemente, renació en su mundo.


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TODO TIENE SU MOMENTO Y SU LUGAR
Las malditas máquinas quizás sean producto de los tiempos modernos que Charles Chaplin, en su eterno humanismo, develó en su caricaturización de la mecanización y del mercantilismo impuestos al hombre por la actual organización social.
En la clínica, entré cuidadosamente a la habitación y dije algo. El hermano mayor se levantó y me dijo en voz baja: “cuando entraste y hablaste te oyó y te conoció la voz. Debemos mantener silencio”-
En silencio, me senté al pié de la cama y lo tomé de la muñeca de su brazo derecho. Viví ahí, en esos instantes, la agonía entre el avasallador optimismo y vigor iniciales y la última y tierna lágrima de la derrota que le asomó a los ojos cuando lo tenía con mi mano y sentía su cuerpo apenas tibio. Fue como si, muy afligido, dolorosa y conscientemente triste de su final,. se fuera muriendo lentamente agarrado de mi. Yo me estremecí silenciosamente hasta casi el desmayo, pues a mí también se me iba mi propia vida. Saqué coraje de donde no tenía, le solté suavemente la mano, me levanté y dije a quienes estaban: “que nunca esté solo, que siempre, de día y de noche, alguien lo tenga asido de su mano, que hasta el momento final siempre sienta el calor de una mano que quiere que viva, que quiere que no se muera”. Y me fui disparatadamente, atropelladamente, a mi casa a padecer sola mi pena. Sabía que se había despedido de mí con esa tierna lágrima . Y lo hizo con todos porque todos lo tuvieron asido con sus propias manos y porque fue él, más que nadie, quien más sufrió por nosotros porque él se moría.
Porque él fue bueno y alegre y porque el breve tiempo que vivió, lo hizo felizmente, disfrutó de su corta vida como hizo que disfrutáramos los que le estábamos siempre rodeándolo. Era la alegría de cada momento de nuestra existencia

Todo tiene su momento y su lugar, a nosotros no nos dio tiempo a tener nada.

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UN ALUMNO Y SU MAESTRA
Mientras estuvo al frente de su clase de 5º, el primer día de clase lo iniciaba diciendo a los niños una mentira; como la mayor parte de los maestros, ella miraba a sus alumnos y les decía que a todos los quería por igual. Pero eso no era posible, porque ahí en la primera fila, desparramado sobre su asiento, estaba un niño llamado Juan
La seño había observado a Juan desde el año anterior cuando lo veía en el recreo y había notado que el no jugaba muy bien con otros niños, su ropa estaba muy descuidada y constantemente necesitaba darse un buen baño.
Juan comenzaba a ser un tanto desagradable. Llegó el momento en que la seño disfrutaba al marcar los trabajos de Juan con un boli rojo haciendo una gran X y colocando un cero muy llamativo en la parte superior de sus tareas.
En la escuela donde la seño enseñaba, le era requerido revisar el historial de cada niño, ella dejó el expediente de Juan para el final. Cuando ella revisó su expediente, se llevó una gran sorpresa. La Profesora de Infantil escribió: "Juan es un niño muy brillante con una sonrisa sin igual. Hace su trabajo de una manera limpia y tiene muy buenos modales... es un placer tenerlo cerca".
Su profesora de Primer Ciclo escribió: "Juan es un excelente estudiante, se lleva muy bien con sus compañeros, pero se nota preocupado porque su madre tiene una enfermedad incurable y el ambiente en su casa debe ser muy difícil".
La profesora de Segundo Ciclo escribió: "Su madre ha muerto, ha sido muy duro para él. El trata de hacer su mejor esfuerzo, pero su padre no muestra mucho interés y el ambiente en su casa le afectará pronto si no se toman ciertas medidas, se encuentra atrasado con respecto a sus compañeros y no muestra mucho interés en la escuela. No tiene muchos amigos y en ocasiones duerme en clase".
Ahora la seño se había dado cuenta del problema y estaba apenada con ella misma. Ella comenzó a sentirse peor cuando sus alumnos le llevaron sus regalos de Navidad, envueltos con preciosos moños y papel brillante, excepto Juan; su regalo estaba mal envuelto con un papel amarillento que el había tomado de una bolsa de papel.
A la seño le dio pánico abrir ese regalo en medio de los otros presentes.
Algunos niños comenzaron a reir cuando ella encontró un viejo brazalete y un frasco de perfume con sólo un cuarto de su contenido.
Ella detuvo las burlas de los niños al exclamar lo precioso que era el brazalete mientras se lo probaba y se colocaba un poco del perfume en su muñeca. Juan se quedo ese día al final de la clase el tiempo suficiente para decir: "Seño, hoy usted huele como solía oler mi mamá". Después de que el niño se fue, ella lloró por lo menos una hora.
Desde ese día, ella dejó de enseñarles a los niños aritmética, a leer y a escribir. En lugar de eso, comenzó a educar a los niños.

La seño puso atención especial en Juan. Conforme comenzó a trabajar con él, su cerebro comenzó a revivir. Mientras más lo apoyaba, él respondía más rápido. Para el final del ciclo escolar, Juan se había convertido en uno de los niños más aplicados de la clase y a pesar de su mentira de que quería a todos sus alumnos por igual, Juan se convirtió en uno de los consentidos de la maestra. Tan sólo necesitaba besos, abrazos y mucho, mucho cariño. Buscaba la madre que perdió.

Un año después, ella encontró una nota debajo de su puerta, era de Juan, diciéndole que ella había sido la mejor maestra que había tenido en toda su vida.

Una buena maestra no sólo enseña; recuerda que a donde quiera que vayas y hagas lo que hagas, tendrás la oportunidad de tocar y/o cambiar los sentimientos de alguien, trata de hacerlo de una forma positiva. Hay problemas que no se solucionan sólo con aritmética, existe un mundo fuera de nuestro cole que puede repercutir en el alumno más de lo que nosotros creemos. No dejemos que a un niño se le escape la ilusión de aprender por la imposibilidad de tener el cariño que se merece.

Ahora Juan se encuentra estudiando medicina y es un alumno brillante